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En navidad, ¿A la luchar contra la báscula?

04 de enero de 2021

(por María Zubia del barrio, psicóloga)

Llega diciembre, el invierno, las Navidades y todo lo que ello conlleva. Para muchas personas se trata de una época nostálgica y familiar en la que se comparten emociones, risas, alegrías, ceremonias y encuentros, pero lo que para unas personas la navidad es motivo de alegría, para otras es motivo de represiones, ambivalencias, luchas continuas con uno mismo y cargos de conciencia. ¿Por qué?

Con la llegada de la Navidad se acerca la época de los excesos gastronómicos, las repetidas cenas, los turrones y polvorones, y como consecuencia, el aumento de peso. Pero este hecho no tiene por qué suponer un problema. Es cierto que en estas fechas señaladas se tiende a ganar unos kilos pero también es verdad que enseguida recuperaremos nuestra silueta habitual.

Desgraciadamente, vivimos en una sociedad en la que parece que tener algunos michelines o no cumplir las medidas que nos muestran los cánones de belleza supone no ser suficientemente atractivos. Sin embargo, predomina la ambivalencia ya que, por un lado, nos hacen creer que tenemos que tener unas medidas concretas, estar delgadas las mujeres y musculosos los hombres, pero a la vez nos avasallan con anuncios publicitarios exaltando la buena mesa y los placeres del comer. Ante estos dobles mensajes que recibimos diariamente, nos encontramos ante un conflicto: ¿Comer bien y a la vez estar delgado cumpliendo unos cánones prácticamente utópicos?

Y llegan las Navidades: la obsesión por no engordar aumenta en muchas personas y llegan al punto de vivir estas fechas como si de una tortura se tratase. Cada encuentro es un examen a aprobar, y en lugar de disfrutar de la familia y la velada, se martirizan contando las calorías que tendrán que quemar al día siguiente.

Una preocupación desmesurada por la alimentación y la imagen corporal puede provocar serios trastornos de la conducta alimentaria (TCA) como la anorexia y bulimia.

Los TCA han existido siempre, pero es en nuestros días cuando hay una mayor preocupación debido a que cada vez son más frecuentes. El modelo actual de belleza impone un cuerpo cada vez más delgado, que se consigue por medio de dietas restrictivas, “productos milagro”, excesivo ejercicio físico, etc. Por supuesto, cuando llega la Navidad, para la mayoría de las personas obsesionadas con su peso supone aparcar a un lado esas dietas hipocalóricas para pasar al polo opuesto. Y aquí comienzan los conflictos y sentimientos de culpa.

Sin embargo, ¿por qué sentirse culpable cuando se come? El acto de alimentarse está íntimamente ligado desde el comienzo de la vida, a la construcción de las emociones. La mayoría de los conflictos de nuestro mundo interior se ven reflejados en el modo en que nos alimentamos. Podemos intentar compensar, con excesos o defectos en la comida, un vacío interno doloroso, más ligado a necesidades psíquicas que biológicas. Emociones como la envidia, culpa, desamor, soledad, etc…son algunos sentimientos que suelen manifestarse a través de los conflictos en la alimentación. Cuando la boca se calla y no pronuncia palabra alguna., el cuerpo es el que habla. Debemos aprender a escucharle y hacerle caso.

Cierto es que en navidades siempre hacemos excesos con la comida y no necesariamente vamos a desarrollar un cuadro clínico de anorexia, bulimia y obesidad. Pero tampoco hay que obsesionarse con las horas de gimnasio que vamos a tener que invertir en el gimnasio para perder los kilos ganados. ¿Por qué no disfrutar más de la velada con la familia y amigos en lugar de obsesionarse con cómo nos verán los demás o qué pensarán de mí si engordo un poco?

La Navidad no tiene por qué ser una lucha continua entre lo que nos apetece y lo que debemos comer. El secreto está en mantener cierto equilibrio y hacer un poco de deporte. Y si se gana algún que otro kilo, no pasa nada. No se termina ahí el mundo. ¿Qué ocurrirá? ¿Que las personas cercanas nos dejarán de querer? ¿Que dejemos de resultar atractivos para el resto de los mortales? Piensa en tu caso: si tu pareja o ser querido engorda uno o dos kilos, ¿cambiará tu percepción y tus sentimientos hacia esa persona? ¿Te gustará menos? Entonces, ¿por qué nosotros mismos no nos podemos permitir el lujo de poder disfrutar de los exquisitos platos y dulces de la Navidad? Porque somos nuestro más estricto juez y no nos perdonamos una. El cuerpo es sabio y como decía anteriormente, tenemos que escucharle. Él mismo es capaz de reestablecer la homeostasis perdida y volver a su estado de equilibrio natural.

 

Curiosamente, el problema no radica en el mero hecho de engordar o adelgazar, eso es circunstancial. Lo que subyace a esta obsesión tirana por la báscula reside en la relación que mantenemos con nosotros mismos y nuestro cuerpo. Si no, que cada uno piense en sí mismo: cuando nos miramos al espejo y nos gusta lo que vemos, nos sentimos valiosos, aceptamos bien los cambios vitales que nos suceden y lo más importante, aceptamos nuestras fortalezas y nuestras debilidades. Nos aceptamos tal como somos y nos vemos capaces de luchar para conseguir nuestros sueños. Pero cuando es al revés, cuando no nos gusta lo que vemos cada mañana y nos negamos a aceptar nuestra realidad, es muy frecuente “pagar” esa insatisfacción con nuestro más vulnerable aliado: el cuerpo.

¿Lucha con uno mismo? Escuché una historia sobre un viejo cacique que hablaba a sus nietos acerca de la vida y les dijo: “¡Una gran pelea está ocurriendo dentro de mi!… ¡Hay dos lobos en mi interior que combaten! Uno de ellos es maldad, temor, ira, envidia, dolor, avaricia, soledad, culpa, resentimiento, inferioridad…El otro es bondad, alegría, paz, amor, esperanza, serenidad y fe. Esta misma pelea está ocurriendo dentro de cada una de las personas que están en la tierra”. Tras unos minutos de reflexión, uno de los nietos le preguntó al abuelo: “Y cuál de los dos lobos ganará? El viejo cacique respondió simplemente: “El que tú alimentes”.